Cómo nos influyen los demás · 1961
El experimento de Milgram: ¿obedecerías una orden de hacer daño?
Por Introspekta · Publicado el · 8 min de lectura

65 %
llegó hasta el último interruptor: 450 voltios
- Año
- 1961
- Quién
- Stanley Milgram
- Dónde
- Universidad de Yale (EE. UU.)
- Participantes
- 40 hombres de 20 a 50 años en el primer estudio
La pregunta
¿Haría una persona corriente daño a otra solo porque una autoridad se lo ordena?
En 30 segundos
- Los voluntarios creían participar en un estudio sobre la memoria y debían castigar con «descargas eléctricas» cada error de otra persona.
- Las descargas eran falsas y la «víctima» era un actor, pero los voluntarios no lo sabían.
- El 65 % siguió hasta el máximo, 450 voltios. Los expertos habían predicho que lo haría alrededor de una persona de cada mil.
- La obediencia se desplomaba cuando la autoridad estaba lejos o cuando otros participantes se negaban.
- Hoy se discute cómo interpretarlo, pero la idea central se ha replicado: la situación pesa mucho más de lo que creemos.
En abril de 1961 empezó en Jerusalén el juicio contra Adolf Eichmann, uno de los organizadores del Holocausto. Su defensa repetía una idea inquietante: él solo era un funcionario que cumplía órdenes. La filósofa Hannah Arendt, que cubrió el juicio, acabaría acuñando una expresión que se haría famosa: la «banalidad del mal».
Ese mismo verano, un joven psicólogo de la Universidad de Yale, Stanley Milgram, empezó un experimento para responder a una pregunta incómoda: ¿hace falta ser un monstruo para hacer daño a alguien, o basta con que una autoridad te lo pida, paso a paso? Lo que descubrió sigue siendo uno de los resultados más citados y debatidos de la historia de la psicología.
Cómo se hizo el experimento
Milgram puso un anuncio en el periódico local de New Haven: se buscaban hombres para un estudio sobre la memoria y el aprendizaje, a cambio de 4 dólares y medio por una hora. Se presentaron personas de todo tipo: carteros, profesores, vendedores, obreros.
Al llegar, cada voluntario conocía a otro supuesto participante, un hombre de mediana edad y aspecto amable. Un sorteo amañado decidía los papeles: el voluntario siempre era el «maestro» y el otro, en realidad un actor contratado, siempre era el «alumno».
El alumno quedaba atado a una silla en la habitación de al lado, con electrodos en la muñeca. El maestro se sentaba frente a un generador con 30 interruptores, desde 15 hasta 450 voltios, con etiquetas que iban de «descarga ligera» a «peligro: descarga grave». Los dos últimos solo decían «XXX». Para que todo resultara creíble, el maestro recibía antes una descarga real de 45 voltios.
La tarea era sencilla: el maestro leía parejas de palabras y luego preguntaba. Cada vez que el alumno fallaba, debía darle una descarga y subir un nivel. El alumno, siguiendo un guion, fallaba a menudo.
Qué pasó en el laboratorio
En el primer estudio, al llegar a los 300 voltios, el alumno golpeaba la pared con fuerza. Después, dejaba de contestar. En versiones posteriores, el actor protestaba, gritaba, pedía que le dejaran salir e incluso mencionaba que tenía problemas de corazón.
Muchos maestros sudaban, temblaban, se reían de forma nerviosa o pedían parar. Cuando dudaban, el experimentador, un hombre con bata gris, respondía con frases preparadas y cada vez más firmes:
- «Por favor, continúe».
- «El experimento requiere que continúe».
- «Es absolutamente esencial que continúe».
- «No tiene otra opción: debe continuar».
Los resultados: lo que nadie esperaba
Antes de publicar nada, Milgram preguntó a estudiantes de psicología y a psiquiatras cuántas personas creían que llegarían hasta el final. Las respuestas fueron casi unánimes: muy pocas. Los psiquiatras calcularon que lo haría alrededor de una persona de cada mil, alguien con rasgos claramente patológicos.
El resultado fue otro. De los 40 hombres del primer estudio, 26, el 65 %, siguieron hasta el último interruptor, 450 voltios. Ninguno se detuvo antes de los 300. Y no lo hicieron con frialdad: la mayoría lo pasó francamente mal mientras obedecía.

Cuándo obedecíamos menos
Milgram repitió el experimento más de veinte veces cambiando detalles, y eso es quizá lo más útil de su trabajo, porque muestra qué hace que obedezcamos más o menos.
- Cercanía de la víctima: cuando el maestro tenía que sujetar la mano del alumno sobre la placa, la obediencia completa bajó al 30 %.
- Distancia de la autoridad: cuando el experimentador daba las órdenes por teléfono, solo obedeció hasta el final el 20,5 %, y varios fingían dar descargas más suaves.
- El prestigio del lugar: en una oficina sencilla de otra ciudad, sin el nombre de Yale detrás, la obediencia bajó, aunque siguió cerca de la mitad (47,5 %).
- Tener aliados: cuando dos compañeros (también actores) se negaban a seguir, solo el 10 % continuó hasta el final. Fue la variación con menos obediencia.
Qué demostró (y qué no)
Milgram no demostró que las personas sean malas. Sus participantes no disfrutaban haciendo daño. Lo que mostró es que, en determinadas situaciones, la responsabilidad se traslada: quien obedece empieza a verse como un instrumento de otro. Milgram lo llamó «estado agéntico».
También mostró la fuerza de la escalada gradual. Nadie empezaba dando 450 voltios. Se empezaba con 15, una cantidad inofensiva, y cada paso era solo un poco mayor que el anterior. Parar en 315 obligaba a admitir que 300 ya había estado mal.
Mirada crítica
Las críticas: lo que se discute hoy
El experimento de Milgram es un clásico, pero no es intocable, y conviene conocer sus límites.
- Ética: los participantes pasaron un estrés intenso y fueron engañados. Estudios así contribuyeron a que hoy los experimentos con personas tengan que pasar por comités de ética, y hoy no se podría repetir tal cual.
- ¿Se lo creían todos? La investigadora Gina Perry revisó los archivos y encontró que algunos participantes sospechaban que era un montaje y que el experimentador no siempre se ciñó al guion.
- ¿Obediencia ciega? Los psicólogos Alex Haslam y Stephen Reicher señalan que la frase más autoritaria («no tiene otra opción») era justo la que más rebeldía provocaba. Proponen que la gente seguía porque se identificaba con el objetivo científico, no por simple sumisión.
- Aun así, se replica: en 2009, Jerry Burger repitió una versión segura (parando en 150 voltios) y el 70 % estaba dispuesto a seguir, una cifra parecida a la de Milgram en ese punto.
Para tu día a día
Qué dice de ti
Casi todos creemos que nosotros habríamos parado. Precisamente por eso el estudio es tan útil: nos recuerda que la situación pesa más de lo que pensamos. No hace falta un laboratorio. Pasa en el trabajo, en grupos de amigos o en redes sociales, cuando algo que no está bien se pide poco a poco y «porque toca».
- Desconfía de las escaladas: si cada paso es un poco peor que el anterior, pregúntate dónde habrías puesto el límite al principio.
- Pregunta «¿quién es responsable de esto?». Si la respuesta es «otro», es una señal de alerta.
- Busca un aliado. Una sola persona que dice «no» hace que a los demás les cueste mucho menos decirlo.
- Di que no pronto. Cuanto antes, más fácil y menos tendrás que justificar.
Preguntas frecuentes
¿Las descargas del experimento de Milgram eran reales?
No. El generador no daba descargas al alumno, que era un actor. Lo único real era una descarga de prueba de 45 voltios que recibía el voluntario al principio para que el montaje fuera creíble.
¿Qué porcentaje llegó a los 450 voltios?
En el primer estudio, publicado en 1963, el 65 % (26 de 40 hombres) llegó hasta el último interruptor. Las cifras variaron mucho según las condiciones: del 10 % al 65 % aproximadamente.
¿Qué relación tiene con Eichmann?
El experimento empezó pocos meses después del inicio del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, cuya defensa se basaba en que solo cumplía órdenes. Milgram quería entender si gente normal podría hacer daño bajo una autoridad, aunque él mismo advirtió de que un laboratorio no es comparable a un genocidio.
¿Se podría repetir hoy?
No tal cual, por razones éticas. Se han hecho versiones adaptadas, como la de Jerry Burger en 2009, que se detenía en 150 voltios, con resultados parecidos a los originales en ese punto.
¿Las mujeres obedecían menos?
En la variante en la que participaron 40 mujeres, la proporción que llegó al final fue la misma: 65 %, aunque ellas declararon más tensión.
Más experimentos que cambiaron la psicología
Para profundizar
Referencias
- Milgram, S. (1963). Behavioral study of obedience. Journal of Abnormal and Social Psychology, 67(4), 371–378.
- Milgram, S. (1974). Obedience to Authority: An Experimental View. Harper & Row.
- Burger, J. M. (2009). Replicating Milgram: Would people still obey today? American Psychologist, 64(1), 1–11.
- Haslam, S. A. y Reicher, S. D. (2012). Contesting the «nature» of conformity: What Milgram and Zimbardo's studies really show. PLoS Biology, 10(11), e1001426.
- Perry, G. (2012). Behind the Shock Machine: The Untold Story of the Notorious Milgram Psychology Experiments. Scribe.
- Arendt, H. (1963). Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal (ed. española: Lumen).
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